El regalo de la Navidad
Desde niño, siempre me ha fascinado el cuento de navidad de Charles Dickens, A Christmas Carol.
La historia de Ebenezer Scrooge es un cuento navideño muy querido, que ilustra con fuerza el poder transformador del amor.
Los fantasmas de la Navidad pasada, presente y futura llevan a Scrooge a un viaje a través de su vida, revelándole el dolor de su infancia solitaria y sin amor, la promesa de un romance incipiente con una joven maravillosa, su éxito inicial como empleado, la trágica muerte de su hermana y su creciente astucia para los negocios.
Poco a poco, la sed de avaricia y riqueza oprime el corazón de Ebenezer, quien excluye de su vida al amor, la amistad, la alegría y la generosidad.
Al final, é; ve con aterradora claridad cómo terminará su vida actual, solitaria, triste y egoísta: muriendo solo, sin ser amado y siendo olvidado.
Esta impactante visión de cómo sería una vida vacía y sin amor conmueve a Scrooge hasta lo más profundo de su ser y lo transforma al instante.
Se despierta la mañana de Navidad siendo un hombre completamente diferente. Se disculpa con su sobrino, a quien había despreciado durante años; le sube el sueldo a Bob Cratchit, su empleado; y Scrooge se convierte en una figura paterna muy querida para la familia Cratchit, especialmente para el pequeño Tim.
Ahora era un hombre lleno de amor, alegría, generosidad y buen humor. Nadie en todo Londres celebraba la Navidad como Ebenezer Scrooge.
El amor de Cristo
En la maravilla de la Navidad, experimentamos el poder asombroso y transformador del amor de Cristo, que viene al mundo para rescatar a la humanidad del pecado y la muerte.
Cuando permitimos que esta vida divina de misericordia y gracia entre en nuestras vidas y corazones, como Scrooge, descubrimos la belleza de la vida, la alegría de la generosidad y el don de la compasión.
Nuestras almas magnifican al Señor al experimentar el don inmenso de nuestra vida en Cristo.
El año litúrgico es un gran ciclo de celebración del acontecimiento de Cristo, a medida que la Iglesia recorre los tiempos sagrados que marcan el nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús.
Y cada vez 25 de diciembre volvemos a la asombrosa verdad de la Encarnación.
Me gusta pensar en este ciclo de oración como una escalera de caracol ascendente. Damos vueltas, pero hemos ascendido más alto desde que pasamos por este punto espiritual el año pasado.
Por lo tanto, podemos preguntarnos: ¿Cómo será diferente nuestra experiencia de la Navidad este año? ¿Cómo hemos crecido espiritualmente? ¿Es mi experiencia de Dios y mi fidelidad al Evangelio de alguna manera más rica y profunda que hace un año? ¿Soy más amoroso, compasivo y misericordioso? ¿He permitido que el Señor elimine más de mi pecado, egoísmo, miedo e ira que habita en mi corazón?
Él entra al mundo
En el nacimiento de Cristo, Dios entró en el mundo en silencio, humildad y pobreza.
Su Adviento es discreto, conocido y percibido solo por unos pocos.
El Rey de Reyes no tiene una entrada triunfal; ninguna fanfarria anuncia su nacimiento; es recostado en un pesebre para animales, no en un colchón de plumas en un palacio opulento.
Sus cortesanos son pastores del campo humildes, no sirvientes de un reino.
Esta hermosa paradoja de la sencillez de Dios nos enseña a buscarlo en lugares humildes: en la Hostia Eucarística en la Misa, en la mirada anhelante de una mujer sin hogar, en la inspiración de la Palabra de Dios, en el silencio de la oración y en el amor de la familia y los amigos.
Por muy triste, quebrantado, violento y pobre que parezca el mundo en un momento dado, la Navidad eleva el espíritu humano, invitándonos a abrazar nuestra mejor versión.
En el nacimiento del Señor, Dios ha derribado todas las barreras y muros: la separación entre la divinidad y la humanidad, el muro entre la vida eterna y este mundo de muerte, y la distancia entre la gracia y el pecado, para identificarse con nosotros y unirse a nosotros.
Al abrazar nuestra naturaleza humana, Jesús nos perdona, nos transforma y nos salva desde dentro de nuestra propia experiencia.
Ebenezer Scrooge descubrió dolorosamente que una vida sin amor y que un corazón alejado de la alegría y la bondad, se convierte fácilmente en una muerte en vida.
Durante la Navidad, Dios nos da la oportunidad de vivir como Él siempre quiso que viviéramos y como en el fondo deseamos vivir.
Y como dice el pequeño Tim de forma tan memorable en el cuento A Christmas Carol: “¡Que Dios nos bendiga a todos!”.
¡Les deseo una feliz y bendecida Navidad para todos!
