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 | Por Doug Culp

El primer documento del Concilio Vaticano II Sacrosanctum Concilium

 

Si en 1960 entrabas a una iglesia católica un domingo por la mañana, la experiencia sería muy distinta de la actual. El sacerdote estaba de espaldas a la asamblea, hablando en un latín suave y preciso. El coro cantaba melodías complejas desde un coro elevado y distante, mientras muchos de los fieles en los bancos rezaban el rosario en silencio o seguían la Misa en misales privados con traducciones.


Este fue el contexto en el que los Padres conciliares publicaron Sacrosanctum Concilium (la Constitución sobre la Sagrada Liturgia) el 4 de diciembre de 1963. Como el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II, señalaba que, antes de que la Iglesia pudiera mirar hacia afuera para renovar su relación con el mundo moderno, debía mirar hacia adentro y examinar cómo oraba.

La visión
La introducción de Sacrosanctum Concilium expone los objetivos generales del Concilio. Este buscó “acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana” y adaptar aquellas instituciones sujetas a cambio “mejor a las necesidades de nuestro tiempo” (n. 1). Además, el Concilio deseaba promover todo aquello que pudiera favorecer la unión entre quienes creen en Cristo y fortalecer lo que pudiera ayudar a que toda la humanidad se incorporara al seno de la Iglesia.

Fue a la luz de estos objetivos que el Concilio emprendió la reforma y promoción de la liturgia. Al fin y al cabo, la liturgia edifica a quienes están en la Iglesia y aumenta su capacidad de anunciar a Cristo. En consecuencia, es a través de la liturgia que los objetivos del Concilio podrían alcanzarse con mayor facilidad. Para el Concilio, esto significaba que los fieles estaban llamados, ante todo, a una “participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas” (n. 14). Los Padres conciliares afirmaron explícitamente que los cristianos no están llamados a ser “extraños y mudos espectadores” (n. 48) en la Misa. Más bien, en virtud de su bautismo, los católicos tienen el derecho y el deber de ofrecer el sacrificio junto con el sacerdote. La liturgia no debía considerarse como un acto privado del clérigo que los laicos simplemente observan; era la obra comunitaria de todo el Cuerpo Místico de Cristo.


Las reformas clave 
Para lograr esta participación activa, Sacrosanctum Concilium estableció una serie de reformas prácticas. Por ejemplo, aunque el documento señalaba que “se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos” (n. 36), alentaba un uso más amplio de la lengua vernácula en las lecturas, oraciones e himnos, de modo que el pueblo pudiera comprender lo que escuchaba.
El Concilio ordenó que los tesoros de la Sagrada Escritura se abrieran de manera más amplia. Esto dio lugar a un nuevo Leccionario dominical de tres años que amplió considerablemente el alcance de la Escritura proclamada en la Misa.
Los ritos fueron simplificados para que su significado teológico y su carácter pascual resultaran más transparentes. Se reintrodujeron prácticas antiguas, como la Oración de los Fieles (las Intercesiones Generales). Hubo un renovado énfasis en el canto congregacional, y se alentó a los católicos a recibir la Comunión bajo las dos especies (pan y vino) en circunstancias específicas.
Además, Sacrosanctum Concilium permitió el uso de música e instrumentos culturalmente apropiados, siempre que estuvieran en consonancia con la dignidad del culto. Por supuesto, esto no significó que el canto gregoriano y el órgano de tubos fueran devaluados. Ambos continuaron siendo altamente estimados por la Iglesia.


El impacto perdurable
Sacrosanctum Concilium recordó a la Iglesia que la Eucaristía es la “fuente y culmen” de la vida cristiana. Esta constitución enseña que nuestro trabajo, nuestra teología y nuestras devociones personales brotan del altar y deben, en última instancia, conducir de nuevo a él. 


Catequesis del papa León sobre Sacrosanctum Concilium

El papa León XIV está abordando actualmente el Concilio Vaticano II en una serie catequética durante sus audiencias de los miércoles. El 20 de mayo comenzó su catequesis sobre Sacrosanctum Concilium, destacando varios temas clave del documento. Señaló que es “en la santa liturgia, con el poder de su Espíritu” donde Dios continúa santificando y unificando a su Iglesia. El papa León invitó a los fieles a unirse a él en “dejémonos moldear interiormente por los ritos, los símbolos, los gestos y, sobre todo, por la presencia viva de Cristo en la liturgia”. 
 




¿Sabías que…?

Sacrosanctum Concilium afirma claramente que la regulación de la sagrada liturgia “es de competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica; esta reside en la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley, en el obispo”. En consecuencia, “nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia” (n. 22).

 


Doug Culp es el director de operaciones de las Obras Misionales Pontificias de Estados Unidos.

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