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Cuidando el cuerpo – y el alma Print E-mail
Artículos en Español
Thursday, Oct. 25, 2012 -- 12:00 AM
Esta columna es la comunicación del Obispo con los fieles de la diócesis de Madison. Cualquier divulgación más amplia va más allá de la intención del Obispo.

Queridos amigos:

No sé si han tenido la experiencia, pero últimamente, me he dado cuenta de un marcado incremento en el número de personas que son muy obvias al mostrar su infelicidad. En varias ocasiones lo he podido constatar con completos desconocidos que, con su conducta ruda y su poca empatía con otros, muestran una verdadera falta de alegría en sus vidas.

Hay varios factores que pueden crear esta infelicidad general a nuestro alrededor, y ciertamente hay varias formas en las que podemos reaccionar a esta tendencia. Una de las cosas más importantes que podemos hacer, inmediatamente, es rezar. Necesitamos rezar por nuestro prójimo, especialmente por aquellos que permiten que su infelicidad quede manifiesta y nos agreda. Necesitamos rezar por el crecimiento en aquellas tres virtudes cristianas de la fe, la esperanza y el amor: en nuestras propias vidas y en las vidas de quienes nos rodean.

Pero también necesitamos actuar. Necesitamos ser testigos visibles de fe, de esperanza y de la caridad en nuestras propias vidas. Viviendo como hermosos testigos de la fe, de la esperanza que tenemos y de la caridad cristiana, no nos queda sino vivir vidas llena de alegría y, al hacerlo, darle a la gente una alternativa a la tristeza que experimentan ahora, un camino hacia la felicidad auténtica y duradera, una vida en Jesucristo.

La misión de los trabajadores de la salud

La semana pasada, en la fiesta de San Lucas, “el médico”, fui bendecido con estar en una reunión con doctores, enfermeras, trabajadores de la salud y muchos interesados en apoyar su noble trabajo, puede celebrar Misa y pasar tiempo con ellos. Hablé con los que estaban ahí reunidos sobre las distintas formas en las que los trabajadores de la salud pueden vivir el Año de la Fe, pero mi reflexión es relevante para todos nosotros y habla sobre algunas de las razones por las que he podido constatar la infelicidad en la gente.

Durante este Año de la Fe, este tiempo en el que estamos llamados a volver a los fundamentos, al corazón de nuestra fe, a esa relación personal con Jesucristo, ¿Qué misión podríamos decir que tienen los que trabajan con la salud específicamente? En primer lugar, creo que necesitamos precisar nuestra noción del cuidado del cuerpo, para expandirla. Para muchos hoy, cuidar del cuerpo, de una forma muy básica, es simplemente hacer lo que puedo para tener el cuerpo más atractivo posible. Obviamente, el deseo profundo por unos abdominales bien marcados significa muy poco para mí, pero algunos sí que lo asumen. De otro lado, algunos creen que “cuidar” el cuerpo es simplemente gratificar los sentidos, hacer lo que sea que el cuerpo lo urja a uno a hacer, y obtener todo el placer que se pueda obtener. Si alguien realmente vive de acuerdo a esta segunda forma, el resultado será ciertamente la enfermedad.

En las dos formas mencionadas, con “el cuidado del cuerpo”, es decir, con la conciencia extrema de la salud o el deseo por darle placer al cuerpo, la persona limita el significado del cuerpo y limita el significado de toda su existencia. La gente cuida su cuerpo de formas que no son del todo cuidado del cuerpo, y tampoco del alma: pero no lo saben. Esas personas se quedan al final sin una felicidad real y duradera, y usualmente se quedan deseando más, esperando a la siguiente felicidad efímera.

Perspectiva del cuerpo desde la fe

Para reorientarnos hacia una perspectiva del cuerpo desde la fe, tenemos que recordar que el cuerpo no se termina con la muerte. Este cuerpo mortal, el cuerpo físico, se acaba con la muerte, pero Dios aún destina un uso para él. El cuerpo está destinado para la inmortalidad. El cuerpo está destinado para ser glorificado. Debemos tratar nuestro cuerpo en este mundo, a la luz del hecho de que está hecho para ser glorificado. Nuestro ejemplo, en este sentido, es María por supuesto: la única humana presente ahora a Jesucristo, con un cuerpo glorificado. (Jesús, por supuesto, es la persona divina con cuerpo glorificado). En la asunción de María vemos la plenitud de todo lo que podemos ser alguna vez, de todo eso a los que estamos llamados a ser, en su gloriosa Asunción. Este cuerpo no es sólo para el tiempo, este cuerpo es para la eternidad. Es trabajo de los trabajadores de la salud alentar la consciencia del paciente en esa dirección.

¿Por qué digo eso? Virtualmente no hay nadie en mejor situación para recordarle esto a la gente que sus médicos. Muchos no están ni siquiera cercanos a sus párrocos, muchos se han alejado de Dios y se han concentrado sólo en lo que hacen con sus cuerpos aquí y ahora; porque así es el mundo de hoy. Pero cuando están enfermos en un hospital, casi en todos los casos, los doctores y las enfermeras, los que ayudan, lograrán la mayor de las confianzas del paciente. Y en la enfermedad la gente necesita realmente esperanza y amor, y sí, fe. En esas situaciones en las que uno reconoce su vulnerabilidad, la gente está necesitada y particularmente abierta a escuchar una palabra que diga “cómo las cosas de este mundo no terminan con la materia. Este mundo no es tu final, ni lo podrá ser, ni cualquier otra cosa que pase en el mundo será alguna vez tu final. Estás destinado a la eternidad. Estás destinado a la gloria, del cuerpo y el alma”.

Es ese tipo de reverencia por el cuerpo, como algo para lo que Dios tiene un uso más allá de la tumba (por eso es que reverentemente lo acostamos, y no se lanza), lo que hace que la gente se conmueva. Cuando se le recuerda a la gente ese tipo de destino de cuerpo, se llenan de esperanza ante la muerte. Y si se recuperan, probablemente serán un poco más reverentes para con sus cuerpos, en vez de estar contentos agrandando los abdominales o tratando solamente de satisfacer los deseos del cuerpo.

Los trabajadores de la salud pueden realizar un servicio increíble a nuestra sociedad al sacar a la gente de esa relación con el cuerpo de simple fuente de placer, o un fin en sí mismo, para llevarlos al sentido de que el cuerpo está hecho para el Señor, como dice San Pablo tan bellamente de distintas formas: “no te posees a ti mismo. Has sido comprado, y a qué precio. Perteneces a Dios, entonces glorifica a Dios con tu cuerpo y Él glorificará tu cuerpo hasta el fin de la historia”. Esa es la primera tarea, en particular, de los trabajadores de la salud en el Año de la Fe y también nos involucra a todos nosotros.

Expandir la idea de cuidar de todos

Una segunda tarea en el Año de la Fe recae en manos de los trabajadores de salud de una manera particular que está conectada y que fluye de la realidad en su trabajo cotidiano porque los profesionales de la salud tienen la oportunidad de interactuar con hombres y mujeres de distintos tipos de vida. De esta forma, tiene la oportunidad de recordarle a la gente –todos nosotros– lo expansivo y amplio que es el término “los pobres”.

San Lucas fue “el médico” y su Evangelio fue un Evangelio para los pobres – ¡Buenas noticias para los pobres! Y por pobres se refería a lo que están realmente mal y fuera de todo, en términos de posesiones materiales. Pero si leen atentamente, verán al mismo tiempo que le dijo a la gente: “si llegas a tener riquezas, deshazte de ellas”. Lucas no tiene ninguna duda sobre el peligro de tener excesivas posesiones materiales. Le dijo a la gente que si estás en una situación en la que recibes una gran fortuna, deshazte de ellas, porque él sabía que quienes son acaudalados en términos de posesiones materiales, fácilmente se pueden olvidar de Dios. Y quienes olvidan a Dios son los más pobres de todos.

Y así, cuando los médicos y los trabajadores de la salud cuidan a los adinerados, ellos se convierten en gente vulnerable como cualquier otro enfermo en un hospital. Y el tiempo de la enfermedad es un tiempo para que ellos recuerden que lo que el Señor da también lo quita, pero “¡Bendito sea el nombre del Señor!”

Los que tienen dinero generalmente se sienten muy en control de su vida, y así típicamente se ven tentados a controlar su religión. De ese modo, algunos de los más pobres de este mundo con los “católicos de cafetería” que se empobrecen con la ge que ellos mismos se construyen. Son pobres por eso. Pero cuando se enferman, lo que sucede, tienen una oportunidad para encontrar su pobreza, y su falta de control sobre ella. Los que son materialmente pobres, los que están abajo y afuera, los indigentes, los que se ven fracasados en la vida, no necesitan recordar lo pobres que son: por ello suelen estar especialmente cerca a Jesús y especialmente bendecidos por Dios, porque ya están establecidos de la mejor forma posible para recibir la salvación de Jesucristo. Nunca se han visto “en control”. Sólo pueden verse como necesitados. Por ello son tan queridos para Jesús, porque están en perfecta posición para “entenderlo” cuando Él predicaba.

Si bien los que tienen mucho dinero, los que son católicos de cafetería, creen que está bien, en realidad pueden ser los más pobres de todos: como el joven rico que quiere seguir a Jesús, pero se aleja triste luego de oír a Jesús decirle que renuncie a todo lo que tiene. Estos tipos ricos y de cafetería no necesitan nuestra condena, necesitan que la misericordia y el amor de Jesucristo. Necesitan recordar que son pobres y que el Reino de los Cielos es suyo, así como todos nosotros necesitamos ser sacudidos por nuestra “tibieza” de tiempo en tiempo.

Testigos del Año de la Fe

Creo que esta misión del Año de la Fe, esta misión doble, puede ser expandida obviamente por cada uno de ustedes, pero esto es sólo para darles una idea de cómo pueden hacerlo, y especialmente nuestros trabajadores de la salud con su testimonio para entrar en el Año de la Fe y hacer que otros hacia su fundamento. ¿Y cuál es ese fundamento? Que sin importar cuánto dinero tengan o no tengan, sin importar cuán brillantes sean o no, sin importar cuán en control o no estén de sus vidas, a los ojos de Dios son pobres y necesitan ver eso, saberlo y regocijarse porque en su pobreza son los más bendecidos por nuestro Padre.

¡Entonces, seamos, todos nosotros, agentes de fe, esperanza y amor, y así heraldos de la alegría! ¡Recemos y seamos testigos de ello en este Año de la Fe!

¡Gracias por darse el tiempo de leer esto! ¡Alabado sea Jesucristo!

 
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