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Dejemos que la alegría del Señor sea nuestra fortaleza Print E-mail
Artículos en Español
Thursday, Dec. 19, 2013 -- 10:58 AM


Esta columna es la comunicación del Obispo con los fieles de la Diócesis de Madison. Cualquier circulación más amplia va más allá de la intención del Obispo.

Queridos amigos:

En estos últimos días del Adviento, antes de nuestra alegre celebración de la Encarnación de Cristo y del tiempo de Navidad, hemos probado algo de la alegría (en este tiempo penitencial) con el domingo de Gaudete.

En el libro de Nehemías, pero también en el libro de las Crónicas, hay una oración que dice simplemente: “Dejemos que la alegría del Señor sea nuestra fortaleza” (Neh 8:10).

De hecho, en muchas de las traducciones de la Misa (en español e italiano, por ejemplo) la frase se inserta en la despedida final. “La Misa ha terminado, que la alegría del Señor sea nuestra fortaleza, podemos ir en paz”.

Antes de la nueva traducción en inglés, yo mismo usaba esa despedida. El Beato Juan Pablo II nunca dejaba de usarla cuando celebraba Misa en privado. “Que la alegría del Señor sea nuestra fortaleza, podemos ir en paz”, que es la actitud perfecta con la que debemos salir de Misa.

“Dejemos que la alegría del Señor sea nuestra fortaleza” resume la idea de la primera lectura del pasado domingo (Is 35:1-6a, 10). Celebramos que irrumpe la alegría e inmediatamente escuchamos “fortalezcan sus débiles rodillas”, “fortalezcan sus débiles rodillas”, “¡sean fuertes, no teman!” La alegría y la fortaleza van juntas. ¡Dejemos que la alegría del Señor sea nuestra fortaleza`!

Encontrar la alegría en el Señor

Algunas veces cuando nos sentimos débiles, en momentos de tentación, podemos preguntarnos: “¿Dónde está la alegría? ¿Y si la alegría del Señor es mi fortaleza, por qué me siento tan débil?” En esos momentos debemos recordar: “¡Dejemos que la alegría del Señor sea nuestra fortaleza!” Debemos buscarlo, y a la alegría que Él ofrece, para tener la fortaleza que supere nuestra debilidad y nuestra tentación.

En el Evangelio del domingo de Gaudete, oímos decir a Jesús “Y bienaventurado es el que no se escandaliza de mí” (Mateo 11:6). Que podría decirse “bienaventurado el que no fue llevado al pecado por mí”.

¿Por qué Jesús necesitaba decir esto? ¿Quién podría haber sido llevado al pecado por Él? De hecho, muchos en las Escrituras fueron al pecado por Jesús, porque lo que decía era a veces duro y hacía que la gente lo rechazara.

Por ejemplo, cuando Jesús dice: “Tienes que comer mi carne y beber mi sangre para tener vida” (Jn 6:53-71), el Evangelista comenta simplemente que Jesús era demasiado para algunos de Sus seguidores. Él vino a darnos la salvación pero algunos reaccionaban pecaminosamente con Jesús. Había algunos que se escandalizaban de la Verdad. Eran los que terminaban en el pecado por Él.

Vivir en la alegría que viene de Dios, con y a través de Jesús –la alegría que debe ser nuestra fortaleza– significa que nunca podemos ser ofendidos por Él. Jesús es la alegría misma. Una persona alegre no puede ser llevada al pecado por Jesús. Es imposible.

“Bienaventurado es el que no se escandaliza de mí”. Tal vez otra forma de decir eso es “Bienaventurada la persona alegre” porque los que dejan que la alegría del Señor sea su fortaleza nunca van al pecado al oír la palabra de Jesús.

La alegría es la clave de la fortaleza

La alegría es la clave de la fortaleza. La alegría es la clave para ser bendecido porque no nos escandalizamos de Jesús. La alegría que celebramos en nuestra vida de fe no es una alegría superficial o superflua, como la que encontramos en un bar un sábado por la noche. La alegría que celebramos tiene todo que ver con Jesús, que es alegría, y el impacto que Él quiere que tenga en nosotros.

Tenemos que recordar que el Cuerpo de Cristo en la tierra es la Iglesia: la Iglesia que fue establecida por Jesús y que porta consigo su naturaleza Apostólica. ¿Cuántas personas pueden escandalizarse de la Iglesia? ¿Cuántos son llevados al pecado porque rechazan lo que la Iglesia enseña con su magisterio?

Lo último que he escuchado ha sido “no voy a escucharte obispo. No suenas como el Papa Francisco”. Decir eso es escandalizarse con la Iglesia y crear división donde no existe. Es trabajo del obispo reunir a la gente y mantenerlos unidos al Obispo de Roma y Cristo.

Nunca antes escuché “Me agrada obispo, porque suenas como el Papa Benedicto” o “me agrada, suena como el Papa Juan Pablo”. Parece que aunque mi trabajo es el mismo y nuestra fe católica es la misma, la percepción de la gente del Papa Francisco es muy diferente pese al hecho que sigo tratando de conectar a la gente con él. En las mentes de algunos, estamos divididos.

Si alguien cree que el Papa Francisco y yo estamos divididos, entonces en realidad no han escuchado todo lo que está diciendo el Papa Francisco ni han escuchado lo que yo digo, o sea han encaprichado en su autoengaño.

Envueltos en los gustos personales

En cualquier caso, parecería que el establecimiento de la Iglesia de Cristo sobre sus Apóstoles, con San Pedro como el primero de ellos, es una enseñanza respetada solo si me gusta un apóstol individualmente. Si ese es el caso, y si la verdad que ha pasado a través de la Iglesia es rechazada por los gustos y disgustos, entonces las personas se están escandalizando con Cristo, con Él mismo. Esto es triste y escandaloso.

El Papa Francisco acaba de decir esta semana: “¿no es una vergüenza que la gente está tan inmersa en ella misma, en sus propios gustos, y en sus propios gustos y disgustos, que no pueden escuchar más las homilías? Muchos dicen: “decidí hace 20 años que no me gustaba el sacerdote y nunca he escuchado lo que dice”. Probablemente no sea usted así, pero tal vez alguno de sus amigos. Usted conoce gente así.

Se escandalizan por Jesús a través de Su cuerpo la Iglesia. Llegan al pecado por el cuerpo de Jesús, la Iglesia. ¡Y de esta forma, esta gente, nunca tiene alegría! Prefieren encontrar las faltas y hacerse miserables. Son aquellos a los que el Papa llama “desabridos” y parece que no parecen saber que el Papa les dice desabridos. Solo saben lo que ellos creen es y no es el Papa

Entonces, la alegría del Señor es la clave para nuestra fortaleza. La alegría del Señor es la clave para nunca llegar el pecado a cuenta de Jesús o de la Iglesia… esa alegría es algo sin lo que ustedes y yo no podemos vivir, porque al final esa alegría es Cristo mismo.

Al acercarnos a la Navidad la próxima semana, consideremos en oración cómo la Alegría misma se hizo carne en la persona de Jesucristo, para la salvación de un mundo sin alegría. Seamos cada vez más ministros de la Alegría de su Evangelio en el mundo que no tiene alegría. ¡Y dejemos que la alegría del Señor sea nuestra fortaleza! ¡Alabado sea Jesucristo!

¡Gracias por leer esto y que todas las bendiciones del Adviento sean para ustedes y los suyos!

 
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